La violencia escolar no nació en la escuela: cuando el sistema convierte un problema social en un problema disciplinario
Universidad Nacional de Huancavelica (Perú)
La noticia de que entre enero y agosto de 2026 se registraron 11 805 reportes de violencia escolar en el Perú debería obligarnos a mirar más allá de la cifra. No estamos únicamente frente a estudiantes que agreden a otros estudiantes. Estamos frente a una sociedad que está llevando sus conflictos, desigualdades, frustraciones y formas de relacionamiento hacia uno de los principales espacios de socialización: la escuela.
Según los registros de SíseVe citados por RPP Data, los casos comprenden 5 187 reportes de violencia física, 4 559 de violencia psicológica y 2 059 de violencia sexual. Además, 1 198 reportes corresponden específicamente a violencia sexual entre estudiantes, cifra superior a la registrada en el mismo periodo de 2025.
¿Qué sociedad estamos construyendo para que nuestros niños y adolescentes aprendan a relacionarse mediante la violencia?
El error de mirar solamente al individuo
Cuando ocurre un caso de bullying, una agresión física o un hecho de violencia sexual dentro de una institución educativa, nuestra primera reacción suele ser buscar al responsable individual.
¿Quién golpeó?
¿Quién acosó?
¿Quién insultó?
¿Quién abusó?
Naturalmente, las responsabilidades individuales deben establecerse y las víctimas deben ser protegidas. Pero una mirada antropológica y sociológica nos obliga a formular otra pregunta:
¿Qué condiciones sociales hacen posible que determinadas formas de violencia aparezcan, se reproduzcan y, algunas veces, sean normalizadas dentro de la escuela?
Aquí aparece el problema de fondo.
La escuela no es una isla.
El estudiante llega al aula cargando una historia familiar, una experiencia comunitaria, modelos de autoridad, relaciones de género, desigualdades económicas, formas de comunicación y aprendizajes adquiridos mucho antes de cruzar la puerta del colegio.
Por eso, pretender resolver la violencia escolar exclusivamente mediante reglamentos, sanciones, protocolos o cámaras de vigilancia significa intervenir sobre el síntoma, sin necesariamente transformar las condiciones que producen el problema.
La escuela como espejo de la sociedad
Desde la antropología sabemos que la violencia no puede comprenderse solamente como una conducta individual. Las sociedades construyen determinadas formas de entender la autoridad, el respeto, la masculinidad, la obediencia, el castigo y el conflicto.
Un niño no nace sabiendo que debe dominar al más débil.
Un adolescente no nace creyendo que la humillación es una forma legítima de relacionarse.
Esas conductas se aprenden, se observan, se reproducen y, en determinados contextos, incluso pueden recibir reconocimiento social.
La pregunta incómoda es entonces:
¿Qué estamos enseñando fuera de la escuela?
Porque mientras exigimos que el profesor enseñe convivencia, respeto y ciudadanía, los estudiantes observan diariamente relaciones sociales donde muchas veces prevalecen el insulto sobre el diálogo, la imposición sobre la negociación y la humillación sobre el reconocimiento del otro.
La escuela termina intentando enseñar una cultura de convivencia dentro de una sociedad que frecuentemente funciona mediante la confrontación.
El sistema también produce silencios
Hay otro dato que debería preocuparnos.
De los 1 198 reportes de violencia sexual entre estudiantes registrados entre enero y agosto de 2026, 707 —cerca del 59 %— permanecían sin resolución definitiva al cierre de agosto, según RPP.
Esto no significa necesariamente que las instituciones no estén actuando. Sí significa que existe una distancia importante entre reportar un problema y resolverlo.
Y aquí aparece una característica profundamente sociológica del problema: las instituciones no solamente administran conflictos; también pueden producir silencios.
El propio SíseVe es una plataforma abierta para reportar de manera confidencial situaciones de violencia escolar y permite a las instancias educativas realizar seguimiento de los casos.
Por tanto, tampoco debemos cometer el error inverso: pensar que 11 805 reportes equivalen automáticamente a 11 805 situaciones completamente diferenciadas.
La cifra debe interpretarse con cuidado.
Pero tampoco debe minimizarse.
Porque detrás de cada registro existe una experiencia humana que merece ser escuchada.
¿Y qué pasa con las familias?
Durante décadas hemos delegado en la escuela responsabilidades que pertenecen a toda la sociedad.
Queremos que el profesor sea educador, psicólogo, mediador, orientador, trabajador social, autoridad disciplinaria y, algunas veces, sustituto de la familia.
Pero el docente también trabaja dentro de un sistema institucional con recursos limitados, aulas numerosas, burocracia y múltiples demandas.
La violencia escolar no puede convertirse en una responsabilidad exclusiva del profesor.
Tampoco puede convertirse exclusivamente en responsabilidad de los padres.
Y mucho menos puede reducirse a «niños problemáticos».
El problema es sistémico.
La Defensoría del Pueblo ha recogido evidencia que permite dimensionar esta cuestión: la ENARES 2024 reportó que el 44 % de niños de 9 a 11 años y el 45,9 % de adolescentes de 12 a 17 años habían sido agredidos psicológica o físicamente por un compañero o estudiante de otro colegio.
Es decir, estamos hablando de un fenómeno que trasciende casos aislados.
La tentación de regresar al autoritarismo
Ante la crisis aparece una respuesta aparentemente sencilla:
Es comprensible que una sociedad preocupada por la violencia reclame respuestas firmes. Sin embargo, desde una perspectiva sociológica debemos distinguir entre autoridad y autoritarismo.
Una escuela necesita autoridad.
Pero la autoridad pedagógica no debería confundirse con la simple capacidad de castigar.
La pregunta no debería ser solamente:
«¿Cómo castigamos al estudiante que violentó?»
También deberíamos preguntar:
«¿Cómo construimos comunidades educativas donde la violencia deje de ser una forma aceptable de resolver conflictos?»
Porque expulsar a un estudiante puede solucionar el problema de una institución determinada, pero no necesariamente transforma las relaciones sociales que originaron la conducta.
El estudiante expulsado no desaparece de la sociedad.
Regresa a ella.
Necesitamos pasar del control a la cultura de convivencia
El Ministerio de Educación dispone de SíseVe, una herramienta para reportar y hacer seguimiento a casos de violencia física, psicológica y sexual. El sistema permite reportes confidenciales y articula el seguimiento de los casos mediante las instancias de gestión educativa correspondientes.
Pero ningún sistema de denuncias puede sustituir una política social de prevención.
Necesitamos trabajar con:
Y necesitamos hacerlo antes de que aparezca la violencia, no únicamente después.
La prevención no debería comenzar cuando un estudiante ya fue golpeado, humillado o agredido sexualmente.
Debería comenzar cuando aprendemos a reconocer al otro como sujeto.
La escuela que necesitamos
Quizá hemos cometido un error conceptual.
Hemos hablado durante años de la escuela como el lugar donde los estudiantes aprenden conocimientos.
Pero la escuela también es un espacio donde aprenden a vivir con otros.
Aprenden qué significa autoridad.
Aprenden qué significa respeto.
Aprenden cómo se resuelve un conflicto.
Aprenden qué hacemos cuando alguien es diferente.
Aprenden si el más fuerte tiene derecho a imponerse sobre el más débil.
Aprenden si el silencio protege a la víctima o al agresor.
Por eso, la violencia escolar no debería ser considerada únicamente un problema de seguridad educativa.
Es un problema antropológico.
Es un problema sociológico.
Y, finalmente, es un problema de sociedad.
Los 11 805 reportes registrados hasta agosto de 2026 deberían generar una discusión mucho más profunda que la búsqueda de culpables.
No basta con preguntarnos: ¿Qué está pasando con nuestros estudiantes?
Tenemos que preguntarnos: ¿Qué está pasando con nosotros?
Porque los niños y adolescentes no construyen solos la cultura en la que viven.
La reproducen, la cuestionan o la transforman.
Y si queremos una escuela menos violenta, probablemente tendremos que empezar por transformar algo mucho más grande que la escuela:
la manera en que nuestra sociedad entiende la autoridad, el conflicto, la diferencia y al otro.
La verdadera crisis no es solamente que existan estudiantes violentos.
La verdadera crisis sería que nos acostumbremos a la violencia como una forma normal de convivencia.
Y frente a eso, ningún protocolo será suficiente.
Fuentes consultadas
- RPP Data. (2026, 18 de septiembre). Violencia escolar: más de 11 mil casos fueron reportados ante el Minedu en lo que va del año.
RPP. https://rpp.pe/peru/actualidad/violencia-escolar-mas-de-11-mil-casos-fueron-reportados-ante-el-minedu-en-lo-que-va-del-ano-noticia-1708089
- Ministerio de Educación del Perú. Reportar casos de violencia escolar en la plataforma SíseVe del Minedu.
Plataforma del Estado Peruano. https://www.gob.pe/62013-siseve
- SíseVe. Ministerio de Educación del Perú. Prevención de la Violencia Escolar. https://siseve.minedu.gob.pe/
- Defensoría del Pueblo. (2026). Lineamiento N.° 0001-2026-DP/PAD. Defensoría del Pueblo del Perú. https://www.defensoria.gob.pe/wp-content/uploads/2026/02/Resoluci%C3%B3n-Administrativa-N%C2%B0-0013-2026-DP-PAD-.pdf
Nota editorial: Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan necesariamente la posición institucional del Instituto Peruano de Estudios Sociales y Económicos (IPESSE).